Como la tormenta de corazones
rotos que me dejaron o dejé pasar,
así miro lo andado
con la fiebre eterna del eterno enamorado
que busca y no encuentra,
que llora olas de océano violento
entre la espuma
y la sal.
Como un poeta que no sabe muy bien
para qué
pero sí por qué
relata un testamento que nadie leerá,
sólo los arcángeles heridos
por las lanzas de Cupido
entenderán en mis ojos
tanto deseo
tanta soledad.
Y este que camina y huye más
que busca
soy yo,
un ancestro de mi pasado,
un suburbio maldito
que lame el plato donde nada hay
que besa al aire
porque llegué tarde a tus labios,
acordeón que suena en la desesperación
y despedida
de una eterna canción
que acaba como empezó.
Como la tormenta de corazones rotos
que me dejaron o dejé pasar
(...)


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