domingo, 7 de junio de 2020

Rara


Elisa mira desde la ventana y magnolias languidecen en la penumbra. Ella escribía relatos pero desde hace un tiempo perdió el apetito por leer. Duraba demasiado aquel otoño.
No sabía que le pasaba, un halo tenue y gris tapaba las horas más amargas. Acudió al doctor y le recetó medicina pero ella siempre decía que su dolor era del cielo.
Elisa dejó de asistir a clase, su madre preocupada no entendía qué pasaba y pidieron ayuda.
Una mañana en clase Elisa no aguantaba el cansancio y la tensión en sus sienes, algunos compañeros la tenían como la “rara” pero ese día se acercó Camilo, un chico que tampoco hablaba mucho en el aula.
-Te encuentras bien?
-No es tu asunto
-Si necesitas algo dime, me gustaría ayudarte
-Tranquilo, todo bien
Y en el colegio las ausencias y las presencias ausentes eran cada vez más numerosas. El bullying acechaba. Algunos sentían pena, otros rechazo sobre Elisa, la “rara”, que sabía bien que ella, era sujeto de los comentarios. Sospechas que como un filo cruzaban las espaldas.
¿Pero qué sentía Elisa? Sentía cansancio, su vista se nublaba de metas cada vez más difíciles de conseguir y afrontar, la muerte le parecía algo romántico y era de la convicción de que algo malo en cualquier momento aliviaría por fin el sufrimiento mental que padecía desde hacía tiempo. Sentía que los cipreses adornaban cada navidad, que la luna se derretía en piélagos afilados, melocotones helados.
Con amor y paciencia se demostró aquello que no escribió nadie. Elisa