sábado, 1 de octubre de 2022

Luces calladas

 

Los neones anuncian 
una ciudad mortecina,
en la cumbre del fracaso,
amor de la rosa con espinas,
trotamundo de un planeta
con la sangre escrita en los versos
del pasado.

Laberinto de calles que me llevan,
concéntricas, a la muerte
que es la vida con las persianas bajadas,
arte de mancharse las manos
en un sucio cansancio al despertar,
cada mañana.

Neones de publicidad mezquina,
alma rota en las aceras,
Valencia se desparrama 
en cada una de mis despedidas,
en cada noche sin letargo,
ni mayor consuelo
que desfallecer lentamente.

En la ciudad donde, lentos, los sueños
se diluyen por las cañerías
y la voz de quienes callan
hablan de la tierra yerma
en cada soledad.



La ciudad y su horizonte

 

La ciudad se resuelve entre olvidos,
y quietud,
parece el nicho del tiempo
por delante,
naufragios cuyas astillas duelen
los pies del alma.

La ciudad es un cúmulo de despropósitos,
castigo de la esclavitud contemporánea
que revolotea entre quimeras
y sueños malogrados,

eso soy, esos somos,
un despertar caduco,
un abrazo
roto.




Vuelos


Agárrate de mi mano,
sabes que no aguanto los aterrizajes,
en este avión he roto
fotos y pasados,
y aunque aún dueles,
ya no soy el mismo
de antes.

Agárrate de mi mano,
te apretaba tan fuerte
y vuelvo a ti en cada regreso,
que pierdo.

Incertidumbre de darnos luz
cuando las sombras acechaban,
y en este avión sobrevuelan
las palabras
en un mar de montañas,
en una cordillera de olas,
a lo lejos,

distantes.