Vértigo
por sólo saber mirar a atrás,
y que tu recuerdo
me nombre
con voz afilada y amenazante.
Vértigo
de mapas y destinos
arrebatados a la imaginación
que hizo
la locura al poder.
(...)
Vértigo
de vivir inconsciente,
pero anclando las raíces de alma
en lo vivido,
Vértigo
de un piano que se fragmenta
en compases
que hablan de los mil cristales,
que dañaron nuestros corazones,
y es que la humanidad
es un conjunto de hermanos
motivados por la traición,
y unidos por un mismo dolor,
en el reflejo de luz
de un sol vespertino,
que da
Vértigo,
como el temblor del mundo
al nacer un nuevo dios
entre los escombros
en Senegal,
cual pálpito de sombra,
sirena de hospital
que se encalla en el rompeolas
donde los marineros
enfermos de cordura y nostalgia
deliran.
Vértigo
de con todas o con ninguna,
de ser el más bello
y el más olvidado,
por perderme peregrinando
en tus sueños,
Vértigo
de consagrarme artista
en un mundo que se esnifó
en un gramo de cocaína
a la vida,
vendidos
como un producto más
y que ahogados años después
entre el miedo
de su pasada temeridad
y el Diazepam
quisieran volver a creer en Peter Pan
y en Campanilla;
Vértigo.
Vértigo
de alambre y espinas
como las de Jesús en su corona,
corona en la cabeza de seres
que dieron al amor
su alma
y el mundo los arrojó
al suicidio o
a la poesía eterna.
Vértigo
de no tener nada
y ser camino
y ser
y
Vértigo de estar vivo.


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