Vértigo
de no saber mirar a atrás,
y que tu recuerdo
me nombre
con voz afilada y amenazante.
Vértigo
de mapas y destinos
arrebatados a la imaginación
que hizo
la locura al poder.
Vértigo
de vivir sin saber
pero anclando las raíces de alma
en lo vivido,
Vértigo.
Vértigo
de un piano que se fragmenta
en compases
que hablan de los mil cristales
que dañaron nuestros corazones,
y es que la humanidad
es un conjunto de hermanos
unidos por un mismo dolor
y salvados al creer
en el reflejo de luz
de un sol vespertino,
que da
Vértigo,
como el temblor del mundo
al nacer un nuevo dios
en Senegal,
cual pálpito de sombra,
sirena de hospital
en el rompeolas donde los marineros
enfermos de cordura y nostalgia
deliran.
Vértigo
de con todas o con ninguna,
de ser el más bello
y el más olvidado,
de ser más que de estar,
Vértigo
de consagrarme artista
en un mundo que se esnifó
en un gramo de cocaína
a la vida,
vendidos
como un producto más
y que ahogados años después
entre el miedo
de su pasada temeridad
y el Diazepam
quisieran volver a creer en Peter Pan;
Vértigo.
Vértigo
de alambre y espinas
como las de Jesús en su corona,
corona en la cabeza de seres
que dieron al amor
su alma
y el mundo los arrojó
al suicidio o
a la poesía eterna.
Vértigo
de no tener nada
y ser camino
y ser
y
Vértigo de estar vivo.


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