Con el último suspiro
y el primer acorde,
con el tiempo encendido
de las velas de la noche,
con la eterna quietud
de las palabras que nada dicen,
te enseño mis cicatrices
aunque veas que la ceguera
de tenerte me atrapa
y la vorágine del tiempo
es una guadaña,
una herida que pesa
en el fondo del alma,
en la sombra del destello
de una palabra por decir
siempre eterna...
me entrego
a la noche con luz
de Islandia.


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