domingo, 26 de octubre de 2008

Eu sou um menino da rua


El sabor del amanecer detiene siempre el tiempo para os meninos da rua y nunca se llega a crecer del todo.
Yo también fui uno de ellos.

La noche tiende sus estambres erráticos a los niños y la tacha de haber nacido es alumbrar el tiempo con la luz apagada. Los muchachos que intentan venderte cualquier trasto por las tristes esquinas me recuerdan a mí a veces, sobreviví escuchando poesía y luchando por leer las calles con ojos de sueño.

Ayer recibí una carta de la chica de la sombra roja, me hablaba del hastío en Valencia, yo le podría decir que comparto la soledad con su mirada.

Oporto es una ciudad tranquila, lo que más me gusta es visitar la Ribeira. Mezcolanza de olores que se cuelan en un anclado siglo por calles angostas y empedradas allí cuando muere el día. Todo se compra menos lo auténtico, niños juegan en la acera, y aroma a mar y caldo de pescado bañado en pan se enredan en los escalones hacia el río Douro.

Las sábanas y la ropa están colgando de las barandillas oxidadas o de improvisados cables y todos los adoquines con lluvia están encrespándose ante el ansiado pie del viajero, por eso el relieve es de cuestas y cuestas hasta llegar a Iglesias de azulejos azules y blancos.
Los puentes del río son fantasía de arquitectura, el del Rey Luis I es como una columna vertebral de acero acostada que saluda al temporal.

Y fui un aprendiz de la libertad que solo pintará fracasos. Oporto será hoy los otros labios con los que poder ahogar el recuerdo de aquella persona que cambió mi vida.

Este domingo de ausencias ha servido para sentarme en Aliados, sentir la humedad que sube por la espalda, degustar unos paisteis de nata en el país más dulce donde en cada esquina hay una confitería, y escribir y pensar y no poder dormir. Ya compré el billete para Valencia y allí seguro que todo sigue tan muerto o yo tan insultántemente vivo como en Oporto.


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