miércoles, 27 de enero de 2016

Mi penúltima poesía


Bragas azules en la cama
y puede que los besos después del sexo
quizá no tengan sentido,
te colocas con exquisito decoro el sujetador
ante mi cagada,
pero tal vez no creerás que hay hombres
que imaginan toda tu soledad
cuando te pusiste el pintalabios
para nuestra cita.

Un disco de boleros después de aquella vez
que se repite en los días repetidos,
demasiados gin tonics para sacarte una risa
para decirte tonterías como
“vamos a ver las estrellas”
mientras me cogías del cuello.

Puede que sea ridículo decir que te extraño
después de esa noche,
que los pliegues de tu coño
eran como las olas del Estrecho
inundado por pateras,
puede que suene cursi decir
que cada pezón tuyo
eran como cerezas heladas y calientes
tras mi lengua…

Pero bueno, no sigo,
me ganaría la vida
como poeta para conquistar peluqueras
o ilusionar a divorciados,
solo sé, chica del olvido,
que rebuscar por tu falda
no fue meta sino principio
de un baile tan ciego por el ron  
y herido de pasado,
que gemir ante cada embestida
al final no olvida
los dolores que el mundo
nos ha causado.

Alguien me dijo que besas sapos cada medianoche.

Que te vas sin despedirte de la fiesta cada medianoche.

Que no das tu nombre verdadero en la recepción de cada hostal
cada medianoche.

Pero, ¡mira! te recuerdan los que la fastidiaron
toda una vida.

Alguien me comento que las brujas existen
y tienen tu pelo desordenado,
borrachas de dolor, pero nunca humilladas,
pues más que del desamor,
fuiste esclava de la vida,
mientras yo en el andén
al oler tus bragas
me quedo con el consuelo de escribirte siempre junto tu perfume
mi penúltima poesía.

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