domingo, 8 de noviembre de 2015

En las escaleras de filología


Tienes miedo de que el tiempo pase
sin advertir que antes de que tus labios
se vuelvan carbón
han sido los más bellos tributos
al jardín edénico de mi vana esperanza.

Sherezade,
te conozco y no,
pero cómo quisiera
por este segundo que es la vida
bautizarte con versos
y esculpir tu bello rostro
en tacto y silencio
(...)

Presumida y sensata,
cual rayo que se mira en el espejo,
ya intuirás que tal vez tus ojos
solo sean
dos estrellas huérfanas de justicia
que colisionaron hace años
en mi pecho.

Sherezade, mujer imposible,
porque me voy
aunque nunca hayas estado,
vas ocultando una sombra en tu mejilla
y el llanto de un recién nacido
avisa del tren que tras el horizonte
las oportunidades pasadas
no hacen más que encarrilar.

Sherezade,
no sé si la inseguridad que vive en ti
alza mi pena,
no sé si mi dolor puede ser tu valentía,
vuela la vida como una cometa,
y de la mano de otros pasearás la luz
que te fui guardando tantos días.

Creo recordar
que cuando te cruzaste con tu pesar y bendición
un día conmigo por las escaleras de filología
llegué a creer en los ángeles
aunque reconozco que más que amarlos,
los temo,
así que dejaré ir el torbellino de pureza
para hipnotizar
letras de un poema
como el que leía
una joven cuentacuentos como tú:

Sherezade.


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